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Jun 18, 2013 Jesús Alonso MÉXICO 0
Partamos de que todo es una gran mentira. Digamos que sobre el cuadrilátero no hay golpes ni odios, que el “tirantes malandrín” no es nada más que el merolico que nos invita a conocer a la mujer con cuerpo de lagarto o al niño cucaracha. Cuál máscara contra cabellera si al final los ídolos del ring son tan corrientes y comunes como uno mismo. ¿Pa’ qué tanto rezarle a El Santo si de Rodolfo Guzmán Huerta no pasaba?
Muchos saben y predican que ese espectáculo al que llamamos lucha libre no es más que un ardid de los engañabobos de la tele para mantenernos frente a la pantalla, y ante tales argumentos no nos queda más que suspirar… aunque asumir la lucha libre mexicana como una gran mentira es tan triste como tirar al cesto de la basura todos los poemarios, películas y novelas que nos han conmovido. Señoras y señores, no se puede andar por esta vida sin creernos unas cuantas mentiras.
Existe un pacto secreto entre quienes abren un libro, sintonizan una radionovela o se asoman a ciertos programas de televisión. Ese pacto es sencillo: sé que lo que me dirás es falso, pero voy a creerlo, si no qué sentido tendría dedicarle mi tiempo. Lo único que el público pide a cambio es verosimilitud, es decir, que sea creíble, que la mentira tenga sus reglas y no sea una burda tomadura de pelo.
¿Cómo es eso? Años atrás, cuando la lucha libre mexicana tenía entre sus estrellas al Cavernario Galindo, se publicaron algunos cómics con la historia de los más grandes luchadores. La del Cavernario era muy cómica, pues aseguraba que en su hostilidad, prefería no entrenar en los gimnasios sino en lo profundo del bosque, haciendo pesas con troncos. Tiempo después, cuando su hijo fue entrevistado sobre la vida del Cavernario, lo confirmó. ¿Cierto o no? No importa si es cierto, lo que importa es que lo creamos.
Y es que la lucha libre, al menos en México, no es tan solo un deporte o un espectáculo televisivo, sino toda una construcción cultural. Como todas las construcciones culturales, la lucha libre tiene dos caras: la real y la ficticia: entre una y otra crecen y se multiplican los mitos, las noticias, las verdades y las ensoñaciones de quienes la viven.
Sobre el lado ficticio de la lucha libre mucho se ha hablado: la encarnación del bien y del mal en técnicos y rudos, el ascenso a la pantalla grande de los grandes héroes y los grandes villanos, la catarsis del público al sentir como propio el odio entre la luz y la oscuridad. Las más de las veces encontramos textos que ensalzan a la lucha libre como ese espacio donde es posible creer en buenos y malos y dar escape a nuestros propios deseos de victoria y violencia.
Pero en el lado real de la lucha libre encontramos muchos otros detalles que han permitido a esta cultura permanecer en el corazón de los mexicanos y extender sus brazos hacia otros confines geográficos y profesionales. Uno de ellos, el más creativo de todos, es el diseño gráfico. Por un lado tenemos a quienes diseñan los trajes y máscaras, especialistas que no solo tienen que hacer uso de su conocimiento de líneas y colores, sino también de materiales. El arte de hacer máscaras para luchadores no es menor, pues además de atractivas y funcionales, las máscaras deben captar la esencia del personaje: un adorno mal colocado, una línea de sobra, cualquier mínimo detalle podría marcar el futuro del personaje para siempre o hacerlo pasar sin pena ni gloria.
También están los otros diseñadores, aquellos que prácticamente fundaron una escuela dentro del diseño gráfico: los artífices de los austeros pero inigualables carteles de los encuentros. En la oleada medio kitsch y medio vintage que nos toca ver, las tipografías de los carteles de lucha circulan por todos lados a uno o dos colores cuando más y con esa particular personalidad que le dan los puntos de la impresión.
Fuera del diseño gráfico, otras artes han retomado elementos de la lucha libre mexicana para integrarlos a su quehacer, una de las más famosas: la música surf. Existe la falsa idea de que los grupos de surf mexicanos usan máscaras porque las películas de El Santo y tantos más empleaban surf como música de fondo. Falso. La música de aquellas películas, compuesta por músicos como los Hermanos Carrión y Manuel Esperón, era más cercana al lounge de Juan García Esquivel que al surf.
El primer grupo de surf que utilizó máscaras de luchadores fueron Los Straitjackets, una banda de Tennessee que al visitar México se quedó maravillada por el diseño de las máscaras y decidió incorporarlas a sus espectáculos en vivo, sin saber que marcarían la pauta para toda una moda en nuestro país. Los Elásticos, Lost Acapulco, Sr. Bikini, Los Esquizitos y otros tantos más retomaron la idea para darle un sello mexicano a esa música que evoca olas y tablas.
Pintura, dibujo, cine, diseño gráfico, música, animación, cómics. Muchas artes han incorporado a la lucha libre en sus creaciones. Pero no solo eso. Para que no se piense que la lucha libre mexicana es un deporte menor debido a su espectacularidad, conviene mencionar que en Japón, la lucha libre de acá ha causado gran revuelo durante los últimos 25 años. Japón, ya se sabe, es uno de los países asiáticos donde existe mayor diversidad de artes marciales y la lucha nipona, cuya técnica se conoce como puroresu, da cuenta de ello, pues incluye muchos movimientos rápidos y elásticos.
Pues bien, resulta que a los japoneses les gustó tanto la técnica mexicana, sobre todo por sus mundialmente famosas llaves y sus vuelos, que acabó por crearse una técnica híbrida entre la mexicana y la nipona llamada lucharesu. Y es que hablar de la lucha libre mexicana es para quitarse el sombrero: ese duelo que se despliega en el ring entre rudos y técnicos, entre el bien y mal, entre la luz y la oscuridad, es también un duelo de técnicas profesionales: mientras los rudos emplean, casi siempre, una técnica tosca donde la fuerza impera, heredera de la lucha grecorromana, los técnicos se inclinan más hacia los recursos acrobáticos.
¿Aún no te convences de que la lucha libre es parte esencial de la cultura mexicana? Entonces te esperamos en Hacienda Tres Ríos para que conozcas más sobre el pancracio y sus derivados en el Pop Culture Fest. ¡No te lo pierdas!
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